"Buscándome en las olas del mar"


Recuerdo cuando pensaba "a mi no va a pasarme". Desperté de aquel fuerte sueño. Un par de burbujas brotaron de mi nariz y una más quedó asomándose en la punta de ella. La cama estaba húmeda y una presión intensa recorría todo mi cuerpo. Pronto me dí cuenta que mi cama estaba bajo el mar. En ese momento vi pasar un par de peces junto a mi. La luz del sol entraba desde lo alto a travéz del agua. y Comencé a sentir mucho frío. Respiraba con mucha falicidad bajo el agua. La paz que sentía era impresionante. No quise comprender nada, sólo observaba todo aquello con creciente estupor.

Así pasaron algunas horas, pronto tuve hambre y en ausencia de comida, metí mi mano en la boca y comencé a masticar mis dedos. Era más fuerte el dolor que el hambre. En un par de días logré digerir el poco alimento que había podido conseguir. Pequeños caracoles, esporas y algunos diminutos peces. Incluso cuando pude cagar me comí mi propio excremento.

Hasta que un día quise salir del agua. Me aburrí allá abajo. Las fuertes reflexiones sobre "Soy o no soy un pez" se volvían cada vez más frecuentes. No tarde mucho en encontrar una orilla en el agua. Nadé hasta la superficie. Estando allí me dí cuenta de que no podía respirar fuera del agua, así que sólo asomé la parte superior de mi cabeza. Podía ver a la gente en alegre alboroto a la orilla del mar. Quise gritar y decirles que allí estaba. Pero no pude hacerlo. Sentí tanta envidia de aquella gente, que por un momento me sentí castigado por Dios y deseé no volver a ver aquel lejano espectáculo.

De repente sentí algo que se posó sobre mi cabeza. Dos puntiagudas masas presionaban mi encéfalo. Eran las extremidades de una gaviota y antes de que pudiera pensarlo, me arrancó los ojos a picotazos. A partir de ese momento todo se volvió oscuridad. Podía sentir el mecer de las olas, podía sentir a los peces deslizarse entre las aguas. Pero no podía ver nada de aquello. Ahora sólo quedaban los miedos y las extrañas sensaciones. Esconderme se volvió una necesidad. Tenía tanto miedo de todo.

Decidí escapar. Si no podía escapar hacia arriba. Nadaría a las profundidades del océano y buscaría la manera de sobrevivir allí. Pronto me volví parte de la nada. Desarrollé una audición fuera de lo común. Podía escuchar los más ligeros sonidos a largas distancias.

Un día comencé a escuchar el canto de una mujer. Era hermoso. Pensé que tal vez era algo producto de mi imaginación. Real o no, era hermoso y lo disfrutaba demasiado. Podía quedarme horas sólo escuchando esa melodiosa voz.

Mis días allá abajo se fueron marchitando. Y los años pasaron. Hasta que un día después de mucho tiempo. Sentí esa voz más cerca que nunca. Recordé las viejas historias de los marinos acerca de las sirenas. Siempre había pensado que lo que  cantaba, era una de ellas. Pero mi intelecto me traicionaba y lo negaba de inmediato "eso no existe".

Aquel momento, no sé cual y no se cuando. Estando allá abajo el tiempo no existe. Los días no existen. Sólo existe la nada. Aquel en que mis días de vida comenzaron a marchitarse en la tristeza, fue cuando comprendí lo real que eran aquellos cantos. Estaban más cerca que nunca y cada día me enamoraban más. Vivía para escucharlos y eso era razón suficiente.

Desperté. No sé cuando. Ni cómo. Allá abajo no existe ni el día, ni la noche. Sólo existe la nada. Y aquellos cantos estaban tan cerca que podía sentir las vibraciones en el agua. El silencio lleno mi mente, y entonces pude sentir unos brazos rodeando mi cuerpo. Eso es lo último que recuerdo.
No sabemos si las sirenas existen. Nadie las ha visto jamás. Tampoco sabemos si esos cantos tan lejanos en el mar, son de ellas. Lo que si sé es que aquel día yo morí en sus brazos.

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